Esa vieja fotografía atrapó la mirada asustada del niño vestido de terciopelo negro sentado en las piernas del hombre macabro que lo abraza posesivamente, en esa misma repisa otro portarretratos mas donde ese mismo hombre abraza su mujer de pié junto al mismo niño asustado; en contraste con la fotografía de al lado donde el mismo niño ahora adulto abraza felizmente a su hermosa esposa el día de su boda.
Finalmente una última fotografía de la bella esposa cargando a su pequeña hija de grandes ojos, el cristal de este portarretratos se ilumina por la cálida luz de la veladora que una niña de siete años coloca enfrente. …recuerda a su madre.
Es una madrugada fresca, oscura, silenciosa y solitaria; una carretera en la península de México; los anuncios dispersos al costado y a todo lo largo del pavimento anticipan que hay un pueblo cerca. Anuncios que nos remontan a una época ya olvidada, una época de sueños surrealistas, colores pastel, música de grandes bandas, los años 50.
El silencio del desierto es roto por el ronroneo de una vieja camioneta Dodge que se aproxima, quien conduce es Lilit, joven, melancólica, pensativa, triste y cansada, muy cansada, ha manejado toda la noche; su mirada vaga se pierde en el infinito tristes pensamientos y recuerdos la absorben.
Tales pensamientos oscurecen todavía mas la noche y la transportan a su habitación, cuando era una niña de 7 años y jugaba con «Panchito» (el muñeco de trapo que ella misma se fabricó con retazos de tela y tuerto de uno de sus ojos de botón).
Una tenue luz de luna entra por la única ventana que existe en el cuarto e ilumina a la niña por la espalda mientras juega con su muñeco. La tímida sonrisa que se dibujababa en su carita desaparece, su semblante se congela al oír que allá, a lo lejos, en la entrada principal de su casa, se abre la puerta, es su padre que entra; ruega por que en esta ocasión no sea como casi siempre llega: Ebrio.
Lilit se deslumbra, una cegadora luz la hace reaccionar y descubre que no está más en su habitación, sus manos sujetan firmemente el volante, las luces de algún coche que pasó fue lo que la hizo volver en sí. Lilit sigue en la carretera, Trata de concentrarse y permanecer así pero sus recuerdos son un pesado lastre que se resiste a desaparecer y como una telaraña, nuevamente cubre su mente. Lilit, como la niña que fuera hace 17 años, continúa en su habitación, agachada, rogando por que su papá esta vez llegue sobrio. Una botella que se estrella en el piso de la cocina le indica lo contrario, la niña no se inmuta; desgraciadamente ya no es algo nuevo para ella y mucho menos lo es el traumático desenlace. Los latidos de su pequeño corazón se intensifican cada vez mas al oír los pasos que se acercan.
Intempestivamente se abre la puerta de su recámara y una intensa luz ilumina su cara, en ese mismo momento se escucha el claxon de un gran camión que pasa muy cerca del vehículo conducido por Lilit, no se dio cuenta que su camión invadía el carril equivocado, con agilidad esquiva el impacto. Después, al ver que el vehículo se alejan sin mas que un susto, libera un suspiro de alivio y continúa manejando.
La puerta de la habitación está abierta, en el marco la silueta corpulenta de su padre se ilumina por detrás, solo se ven unos ojos rojos inyectados de alcohol y de lujuria. El dolor y la ausencia de una esposa que murió algunos años antes, aunado a una eterna y frustrada fidelidad confunden una mente débil y sexualizada.
La sombra del hombre se proyecta sobre Lilit que está en el suelo con la cabeza hundida en su pecho, ha dejado de jugar con panchito; está asustada y resignada, panchito no podrá hacer nada. Su padre la levanta cuidadosamente y la lleva a la cama. quisiera que el beso de buenas noches que su padre le da algunas noches fuera solamente eso, un beso de buenas noches.
Lilit reposa sobre las cobijas y cobertores que cubren su cama, ahí la ha colocado su padre que la observa desde el extremo opuesto, con sus manos en la cintura.
De pronto, su holgado pantalón de Casimir cae al piso, Lilit cubre sus ojos con sus pequeñas manos, una lágrima corre por su mejilla al sentir el peso de su padre sobre su frágil cuerpesito. Panchito desde el suelo, imposibilitado de hacer algo solo observa. La niña, entre rictus de dolor y miedo, llora en silencio y devuelve la mirada implorante hacia su único amigo, Panchito. Lilit se descubre llorando en su camión al recordar.
* * *
II
A lejos, en la carretera se alcanza a distinguir una tenue luz amarillenta perdida entre la densa oscuridad de la tierra, en el horizonte se dibuja una delgada línea rojiza que ilumina progresivamente una parte del cielo; comienza a amanecer.
El pequeño y rústico establecimiento de víveres y ultramarinos que trabajosamente comienza la jornada, parece como un oasis perdido en la negrura de la noche.
Las luces del camión de Lilit se acercan lentamente al lugar, se encuentra cansada de manejar tanto tiempo, perturbada por desagradables recuerdos y para colmo, a dolorida en su vientre por los rigurosos cólicos menstruales; necesita tomar un breve descanso antes de llegar al pueblo que ya se encuentra a escasos 4 ó 5 kilómetros, aprovechar para comprar algo que llevarse a la boca, un paquete de toallas íntimas pero sobre todo, estirar las piernas y despejar la mente un momento.
Se detiene justo afuera del negocio y permanece en su vehículo por un rato mientras busca dinero y organiza algunas cosas. Afuera, una pareja de esposos locales avanzan hacia la puerta, Un hombre gordo, de prominente mostacho y con overol de mezclilla, su mujer; una señora vestida de negro completamente, cubierta con un chal del mismo color sobre su cabeza, es una mujer ya algo entrada en años. Cruzan antes que Lilit el umbral del establecimiento. –Si vieras Anastasio que los chamacos ayer 'nomás se jambaron unas gordas con sal y chile 'pa cenar, hay a ver si les compras unos dos-tres cuartos de leche 'desa bronca y unas galletas de animalitos 'pa que se almorcen… Dice Doña Sagrario, la mujer que acaba de entrar junto a su esposo, mientras éste despectivamente y con voz modorra le refuta: –¡Ah! que bonito jodes Sagrario…. En ese momento, algunos pasos detrás de la pareja; entra tímidamente Lilit, indignada un poco por la actitud del hombre para con su mujer. Cruza la estrecha y apolillada puerta de madera tapizada de oxidados anuncios viejos, el pintoresco rótulo bautiza equivocadamente con la cualidad de ultramarinos el pequeño almacén como: «Ultramarinos El Alazán».
De inmediato Anastasio se dirige al gabinete donde se encuentran las cervezas Victoria y saca cuatro de ellas, su esposa detrás continúa implorando un poco de alimento para sus criaturas: –…¡Ándale Anastasio, 'nomás unas galletitas con leche, 'ira que no seas ingrato!… Indignado y fastidiado Anastasio, accede a regañadientes ante las suplicas de su esposa:
–¡Pero a que chinguita contigo frega'o!, si no juera por esta cruda ya te 'bría… ¡Corre ve cójelos pues! En ese momento Lilit ya se encontraba en el mostrador con un paquete de «Toallas Kotex», unos cigarros «Del Prado» y esperando a que Don Holocausto, el propietario; le pese unas pocas nueces.
El almacén se encuentra bien surtido y aunque si tiene algunos productos propios de un «ultramarinos», en realidad son pocos; ya que las cosas importadas de otros continentes se limitan a, por ejemplo: Alguna cajita de música traída de China, junto con dos o tres cajitas con bolsitas de Té; algún viejo chocolate Suizo, esencias baratas de Francia, especias de Portugal. Sin embargo, los productos nacionales abundan: Costales de sorgo, frijol, maíz, así como los menos comunes: fragancias, tónicos milagrosos para el pelo, y bisutería corriente… los imperdonables: Leche recién ordeñada, cigarros, avena, fruta de la temporada, forraje para el ganado, y claro; imágenes religiosas, velas de cebo y veladoras… Todo ésto decorado de pared a pared con estantes llenos de productos de la época y publicidad alusiva: «Cigarros Faros, cerveza XXX».
Mientras Don Holocausto, el regordete hombre dueño del negocio pesa y mete en un cucurucho las nueces; Doña Sagrario, va a un costal alejado del mostrador lleno de galletas de animalitos y roído en una esquina por algún hambriento ratoncillo.
Anastasio se aproxima a Lilit y refiriéndose al paquete de Toallas, le dice en tono gallardo muy cerca del oído: –Falta de confianza "Morena" yo puedo hacer que no gastes en esas fregaderas. …¡Bueh! al menos por unos nueve mesesitos… –Don Holocausto al ver la incomodidad de Lilit interrumpe: –Son $12.65. Lilit paga y sale tranquilamente; en realidad le hierve la sangre de coraje, Anastasio herido en su amor propio por el despecho, solo concluye: –…Charros, que potranca tan rejega , ¿no Don Holo? –…¡Pós, ca' quien! contesta el hombre.
Lilit sale del local, se queda afuera, recargada en la pared junto a un anuncio de lámina clavado en el muro con tapas de refresco, permanece ahí unos segundos y luego se dirige hacia su camioneta; llega a ella y por la ventana mete lo que acaba de comprar y lo deja en el asiento del lado del pasajero. De atrás del asiento del conductor saca «algo», se dirige nuevamente al local.
* * *
III
En la carretera solo se escucha un lejano y solitario auto, cuyo sonido se desvanece a la distancia. Lilit continua inmutable, molesta, quiere desquitar el coraje y la indignación provocada minutos antes; piensa y se da cuenta que su rencor hacia la gente y los hombres en particular no es casualidad.
Por fortuna reconoce también que gracias a su sensible personalidad actual puede valorar otras cosas que para muchos pasan inadvertidas y que por ende, esos "muchos" se pierden de momentos sublimes y vivificantes: Lo irreal, psicodélico y cautivador de un simple amanecer, lo terapéutico, relajante y liberador de la soledad, los misteriosos e inquietantes sonidos de la noche, lo tranquilizante que es caminar en una solitaria carretera, lo gratificante de charlar con la naturaleza, lo familiar, instructivo y perdurable de escuchar a un anciano tosco y espontáneo; o un indígena, el cobijarse bajo la sombra de un gran árbol y pensar, solo pensar.
Por la puerta de madera del negocio que se abre, sale Anastasio; sale solo, su esposa se ha quedado conversando con Don Holocausto. Lilit a o lejos se dirige hacia él directamente: –¡Oye tú, «galán»! …Estuve pensando en tu propuesta de allá adentro y pues…
Al mismo tiempo que Lilit habla, se coloca detrás del hombre que lleva las manos ocupadas con cervezas. –…No sé; creo que eres como el hombre que siempre está en mis pensamientos… –Anastasio interrumpe: –Pós si ya lo sabía, eres una putita igual que todas…
Lilit lentamente va metiendo una mano dentro del overol de Anastasio y con la otra, por detrás lo sujeta del cuello al tiempo que termina su frase: –…Si, siempre está en mi mente; ¡y no me deja vivir en paz! El acento agresivo de ésta última oración y el metal frío que Anastasio siente cerca de su ingle producen que su actitud cambie radicalmente; ahora en su rostro hay una mueca de terror.
Lilit agrega: –…¿¡Así que te sientes muy orgulloso de tu hombría, dime, ¿que pasaría si te castrara como a un cerdo!?, ¿te pondrías una toalla para la hemoragia como hacemos las "putitas"? –…¡No, no, señorita por favor!, yo 'nomás decía, pos ya ve; uno que es hombre y pos… ¡Sagrario, Sagrario!… El llanto ahogado de Anastasio vuelven patética la situación y con ironía Lilit continua diciendo: –…¿Que pasó «moreno» necesitas de tu mujercita para que te defienda de otra mujercita?… En eso se abre la puerta del local y sale Sagrario, asustada, sorprendida y gritando al ver aquél cuadro tan peculiar: –¡Taacho, Tacho; déjelo, déjelo!, ¡que le hace a mi Tachito? Lilit le susurra al oído: –…Agradece a tu mujer. Y suelta al hombre sin lastimarlo, se aleja de ahí tranquilamente con una navaja en la mano. Don Holocausto ha salido al escuchar los gritos y la conmoción, Sagrario ayuda a su esposo que está en el suelo y tosiendo por la asfixia. Lilit sube a su camioneta, se escucha detrás de ella la voz llorona de Sagrario: –…Ay Dios santo, Anastasio; ¿que te quería hacer la vieja loca esa?…
Lilit enciende su vehículo y se aleja contemplando
por el retrovisor la imagen del Ultramarinos y sus personajes que se pierden poco a poco en la distancia.
* * *
IV
El amanecer poco a poco va ganando terreno a la noche, los pajarillos se dan cuenta y cantan alegremente a la alborada que despierta. Lilit conduce lento, los pasados acontecimientos despejaron su mente y a pesar del mal momento, en el fondo le divirtió un poco la forma en como terminó todo. Ahora lo que necesita es comer algo decente bañarse y descansar; eso es, un baño caliente y una cama fresca.
Por la carretera, los anuncios publicitarios se vuelven cada vez mas frecuentes a medida que se aproxima al pueblo; el cual, presume con cordiales letreros su nombre: «Bienvenidos a Natividad». El árido panorama es decorado con las primeras casas, teñidas temporalmente con matices rosa por el filtro de la aurora, un corral sonorizado por alguna res que da los buenos días mugiendo al sol que tranquilamente se asoma. Los negocios y bodegas además de ubicarnos en el tiempo y el lugar, nos señalan que el pueblo en la Isla Natividad es un lugar próspero y en su justa medida; progresista.
«Taller El Durango, forrajes granos y semillas; Calaveras, equipo agrícola John Deere, lubricantes Shell, Lavadoras y equipos para el hogar Conchita, fume Luchadores, Botica Sn. Francisco de Asís, sombrerería La Palma, peletería La garrapata, Banco de Comercio S.A. huarachería Amparito, cinema El Gato Negro, posada El Limoncito». Precisamente justo afuera de ésta posada «El Limoncito», se estaciona Lilit a un lado del cine «El Gato Negro». este pequeño cine en realidad es un corral, una barda llena de carteles anunciando viejas películas mexicanas y estrenos nacionales, así como una que otra película norteamericana: «Santo contra el Cerebro del Mal, La marca del Zorrillo (con Tintan), Pepe el Toro, El Vampiro (con Abel Salazar), The Unholy Wife». una pequeña ventanita sirve como taquilla, por dentro y al fondo una gran pared pintada de blanco hace las veces de pantalla; las butacas corren por cuenta de los espectadores ya que pueden sentarse en un banquito traído desde su casa o bien usar una piedra del lugar.
Ya ha amanecido, el canto de los gallos es mas constante, es una mañana fresca y animada; Lilit baja las cosas de su camión y se dispone a entrar a
la posada.
Es un edificio austero pero con detalles coloniales, muy modesto y pulcro porque los dueños y encargados son un par de viejesillos obsesionados con la limpieza. Una pareja de antiguos potentados sin hijos venida a menos, La recepción es una sala decorada en colores chillantes, con algunas plantas de sombra, tapizada de imágenes religiosas; cada una con su respectiva veladora. Hay de todos tipos, desde cromos mal impresos con la figura de la Virgen de Guadalupe, el Sagrado Corazón; hasta figuras de pasta decoradas a mano, alguna postal bizantina o alguna cruz huichola de estambre traída directamente de San Blas, además un "rosario" de ungüentos, medicinas y jarabes acomodados cuidadosamente en una repisa detrás del mostrador; En el que por cierto hay una pequeña radio de transistores sintonizando el divertido programe cubano «La tremenda Corte». Entre los productos medicinales que están en la repisa, se encuentran algunos como: «Pomada de la Campana, Jabón del Tío Nacho, Aceite de hígado de bacalao, sal de uvas Picot» y muy por encima, en la pared, un reloj con la carátula «Mejoral».
Don Clemente, «esposo de Doña Justiniana» barre cerca de la puerta trasera que conduce a una huerta, detrás del mostrador, sentada en una mecedora, se encuentra «Doña Justiniana» –'ira 'nomás, hombre bendito. ¿No te díji que me dejaras barrer a mi el zagüán? …deja, deja; corre vé a echarte un taco yo barro aquí… –…Cómo crees, justiniana, tu no has comido, vé y come tú; anda, ya va a empezar la de porfirio cadena, y ya ves que ayer se quedó bien güena…. –…¡Pero si ya barriste allá arriba, hombre frega'o…! –…y que le hace, ya estaré yo el puro cascajo, pero 'pos bien aguanto otro ratito, 'amás que no 'quero que te me fatigues; ¿'pos como crees que 'voa dejar a mi viejita hacer estas cosas tan pesadas? 'ira, mejor vé y prepárate una avenita 'pa 'orita que acabe… –…Ay prieto, ¡por eso te tengo harta ley!… 'Tá güeno pues, me vo'a prepararte tu avenita, pero ya déjale ahí. –…Hey, corre ve.
Don Clemente se da cuenta de la presencia de Lilit pero no se inmuta y continúa con su labor, después de todo, de entre sus responsabilidades no incluyen la de recibir a los huéspedes. Por fin, Doña Justiniana escucha pasos; voltea y recibe a Lilit: –¡Pero mi santa hija, ve 'nomás que molida vienes!; ¿quieres un cuarto 'mequivoco?. …Te 'voa dar la pieza mas soleada 'pa que descanses a gusto. Lilit un poco desconcertada por lo locuaz de la señora, responde tímidamente: –Gracias, gracias señora es muy amable, ¡realmente me hace falta descansar! Doña Justiniana continua: –...Te voy a dar la «7» era de 'mijo el chiquito… Juanito.
* * *
V
Toma la llave marcada en su llavero con el número 7 y se dirige al piso superior. Entra a su habitación y coloca sus cosas sobre la cama: una edición reciente de la revista francesa «Sabena Reveu», las toallas íntimas que anteriormente le causaron un disgusto, un libro: «obras completas de Sor Juana Inés», un block con hojas color paja para dibujo y algunos trazos en ellas «estudios de aves, de anatomía, apuntes de árboles retorcidos, autorretratos (probablemente de ella) y por supuesto un veliz con ropa, productos de baño; y ya algo maltratado por el tiempo aparece también «Panchito».
La habitación igualmente dice mucho de los dueños de la posada: Sobre la cabecera de la cama en la pared un gran Cristo, un pequeño buró a un lado con una graciosa lamparilla y un cenicero, en frente en la pared un espejo largo rodeado por una colección de viejas fotografías familiares donde se encuentran los amorosos esposos abrazados o solos, fotos de la pareja estando jóvenes y fotos de Don Clemente mas adulto rodeado de niños o con elegantes niños sentados en sus piernas; debajo, una sencilla comodita con tres cajones desgastados y encima una jarra con agua, un vaso de cristal cubierto con una servilleta, un Tiki traído de alguna isla Polinesia, un periódico viejo; al lado de un cromo enmarcado con la imagen litograbada de la Santa Trinidad, una mesa de madera con patas cónicas con protector de latón en la punta, arriba de la mesa empotrada en la pared, una lámpara estilo móvil de «Calder», a un lado una ligera silla tubular y tapizada en vinilo color verde pistache.
Ahora lo que Lilit mas quiere es tomar ese tan anhelado baño con agua tibia, bajar después al comedor por un rico desayuno y descansar en esa cama que ahora se encuentra ocupada por su equipaje.
Afuera de la habitación que ocupa Lilit, se alcanza a percibir el programa radiofónico "La tremenda Corte". El cuarto de Lilit es el último de una serie de habitaciones que conforman una terraza larga y estrecha con vista hacia la calle. Lilit se desviste mirandose al espejo.
Repentinamente se queda pasmada al ver una de las fotografías que cuelga de la pared «Don Clemente mirando maliciosamente a un niño vestido de terciopelo sentado sobre sus piernas quien lo mira asustado.
Es la misma fotografía que tenía su padre en la salita de su antigua casa, la misma donde estaba él de niño sentado en las piernas de ese hombre macabro.
Toma a «panchito» y lo observa largo rato, permanece atenta, inmóvil.
FIN
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